El campo mexicano entre la miseria y la opulencia

El campo mexicano: entre la miseria y la opulencia

Francisco Lemus | Twitter: @PacoJLemus

Tras décadas de abandono, el campo mexicano enfrenta situaciones de grandes contrastes, los cuales se pueden percibir con claridad en Michoacán, mientras que hay gran cantidad de productores sobreviviendo entre el autoconsumo y la miseria, hay pocos grandes empresarios que figuran entre los personajes más adinerados del país.

Si bien el modelo neoliberal ha favorecido la profundización de la crisis en el campo, esta situación ya era poco ventajosa para los productores. Grandes obras de irrigación eran un ejemplo de cómo la producción rural en realidad sólo era un pretexto para crear pingües beneficios para los consorcios constructores. Los campesinos eran falsos consentidos del régimen.

Con la desestructuración de la economía mexicana y la apertura de las fronteras comerciales, se pusieron los últimos clavos al ataúd del campo nacional. Pero de la mano de la quiebra de millones de productores, que pasaron de ser medianamente competitivos a estar condenados al autoconsumo, también florecieron empresarios opulentos especializados en un solo cultivo.

Eso ha tenido graves consecuencias ambientales, pues ante la gran vulnerabilidad que enfrentan los productores rurales, cualquier oportunidad que se presente debe aprovecharse a costa de lo que sea. Viejos productores que procuraban cuidar sus principales activos: suelo y agua, ahora se ven obligados a sacrificarlo todo con tal de obtener tantas ganancias como sea posible.

Una incertidumbre tan constante provoca tomar decisiones que pueden parecer razonables en el corto plazo y en lo individual, pero que son sumamente irracionales en el largo plazo y en lo colectivo. Aprovechar, o -mejor dicho- depredar, tantos recursos como sean posible para obtener las ganancias que tal vez nunca más se vuelvan a ver, se vuelve una estrategia nociva, pero entendible.

Así es comprensible que hoy Michoacán se encuentre a merced de la producción de aguacate, y lo más fácil es culpar a la codicia de los productores que devastan los recursos naturales de la entidad para suplantarlos por “oro verde”. Pero, ante la gran incertidumbre que implica producir en el campo, cultivar este u otro producto efectivamente rentable, es una oportunidad de vida.

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Lamentablemente el modelo se repite en otras zonas del estado, ahora que el mezcal se ha convertido en un producto tan bien valorado no sólo en México, sino en todo el mundo; la producción de magueyes que se conviertan en esta bebida espirituosa va suplantando espacios que antes se dedicaban a otros productos o incluso de bosques.

Cambiar la vocación natural de las zonas forestales tiene graves consecuencias en los ecosistemas, quienes habitan en puntos que se han convertido a la producción de aguacate pueden percibir esas perturbaciones a simple vista.

La historia de la producción aguacatera se repite con cada oportunidad económica que aparece en el campo, ante tantas carencias generalizadas, por tanto tiempo, la primera oportunidad que brilla como el oro no puede dejarse pasar, al costo que sea, lamentablemente.

Mientras la miseria sea el común denominador de la mayor parte de los productores rurales, estas posibilidades seguirán siendo bombas de tiempo latentes. De igual modo, para las empresas mineras y otras que se dedican a la extracción de recursos, tendrán siempre una oportunidad de llevar a cabo sus prácticas, aprovechándose de la pobreza de los habitantes del medio rural.