Los mal llamados “matrimonios igualitarios”

Como lo he sostenido en otras publicaciones, soy respetuoso de los derechos humanos de todas las personas y creo firmemente que tal consideración es base fundamental para la configuración de un mejor futuro.

Sin embargo, en esta oportunidad considero pertinente realizar algunos señalamientos sobre la inminente reforma propuesta por el Ejecutivo Federal en materia familiar. Me refiero a los mal llamados “matrimonios igualitarios”.  Me explico:

  1. Como primer punto, hemos de referir que resultan absolutamente lógicas y también respetables las diferentes ideas contrapuestas a lo largo de la semana respecto al tema. Y es que, lo anterior no implica una vulneración a los derechos humanos de las personas, primordialmente aquellas que tienen un interés especial en la aprobación de la misma reforma.

En días pasados, compartíamos algunas ideas con compañeros del gremio jurídico en el Estado y algunos de ellos -con orientaciones homosexuales- se manifestaron gravemente vulnerados por el hecho de que existieran personas que cuestionan su derecho a constituirse en matrimonio. En respuesta a tales planteamientos, un servidor argumentaba la negativa ante dicho punto puesto que el hecho de discutir, debatir, juzgar, oponer con fundamentos y cuestionar dicha reforma no implica una vulneración a las prerrogativas humanas, sino al contrario, en lo personal me parece una forma de construir una sociedad más justa y más racional.

De tal manera, quiero establecerlo: no estoy en contra de dicho tipo de uniones personales. Estoy a favor del diálogo, de la disidencia racional, del debate y del análisis de ideas que permitan el perfeccionamiento de la reforma planteada.

  1. Es claro que el modelo de familia tradicional en México (madre, padre e hijo/s) ha quedado más que rebasado. Y también que ya no es sólo el matrimonio entre hombre y mujer lo que da vida a una familia, la institución social de mayor calado en la historia. Actualmente, existen comunidades por el mundo que se autodenominan “familias” en virtud de la cercanía personal, de ideas, de convicciones y que no necesariamente las une un vínculo sanguíneo. Lo anterior, resulta espectacular.

Y aunque ya se haya demostrado que etimológicamente el término “matrimonio” pueda corresponder, indistintamente de los sexos, a la unión de dos personas, sí me gustaría señalar mi oposición ante dicha denominación. En todo caso, no es discriminar sino dar el lugar social adecuado a cada una de las instituciones existentes; de tal forma, el legislador bien podría buscar una denominación original a dicha unión y permitir que el matrimonio, como institución jurídica sagrada y génesis de la familia tradicional, continúe siendo solamente aquel entre varón y mujer.

De tal forma, propongo la búsqueda de un régimen independiente para dichas formas de unión. No lo sé, quizás “régimen de unión personal”, “sociedad de convivencia”, “sociedad personal”, en fin. Y quiero aclarar que dicha propuesta la hago en términos equitativos, no buscando la reducción de derechos humanos ni discriminando la unión entre personas del mismo sexo. Por el contrario, me parece incluso que el hecho de denominar una institución exclusiva para ese régimen, les dota de autonomía jurídica suficiente y les respalda la importancia que debe tener esa unión para la sociedad. Porque de lo contrario, estamos adhiriendo una institución novedosa a una tradicional que sin duda, es diferente y persigue fines naturalmente distintos.

  1. Por último, quiero expresar mi preocupación. Me preocupan los niños de México, porque temo recordar que la presente reforma servirá como catapulta a la venidera; esto quiere decir, a la permisión de la adopción por parte de familias encabezadas por personas del mismo sexo. Las líneas se agotan y no serían suficientes para explicar los argumentos que existen en contra de dicha propuesta y a favor de que el crecimiento de los niños sea en hogares donde exista un padre y una madre. Porque de alguna forma, muchas de las personas que hemos tenido la fortuna de desarrollarnos en familias eminentemente tradicionales, podemos constatar en buena medida, la integralidad que implica el desarrollarse en dicho ambiente plural.

La reforma es inminente y para que se protocolice dicha institución, sólo falta la aprobación por parte de algunos legislativos locales, a los cuales me permito exhortarles la consciencia y la razón, para que ese proceso represente un verdadero beneficio para los mexicanos y si es, que sea para bien.  Por último y antes de terminar, quiero agradecer la comprensión de mis ideas por parte del lector y expresar una disculpa sincera a todos aquellos que puedan resultar ofendidos con mis comentarios.

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Estamos pendientes.