Hubo un tiempo en el fútbol mexicano en el que correr era opcional porque todo estaba en saber dónde poner los pies. El estadio entero aguantaba la respiración cuando el balón llegaba a los pies de aquellos jugadores diferentes, aquellos que trotaron mientras el resto corría. Cuauhtémoc Blanco, Sinha, Benjamín Galindo eran una especie extinta; se podían dar la libertad de no defender y de vagar por el campo, pues su único deber era crear algo que nadie más había visto.
Estos jugadores no necesitaban una velocidad sobrehumana porque su cerebro ya estaba dos segundos por delante de la jugada. Pero ese tipo de jugador se ha vuelto un lujo imposible para los entrenadores de hoy.
Cambio de forma y desaparición del agujero
Esto no fue un asesinato, sino un daño colateral de la evolución táctica. Por décadas, el modelo hegemónico en México dejó espacio al enganche. El 4-4-2 tradicional, o sus variantes en rombo, dejaban un espacio inherente entre la línea de mediocampo y los delanteros.
La llegada y normalización del 4-3-3 y la línea de cinco atrás revolucionaron el juego. El mediocampo actual es un triángulo de alta intensidad donde todos deben morder, recuperar y llenar espacios, y esto hizo que el lugar donde el 10 trabajaba desapareciera. Si hoy pones en ese sistema a un jugador de las características de Blanco, el rival se lo come con patatas por pura superioridad numérica y física.
Este cambio de mentalidad revolucionó también la forma de leer los partidos porque la imprevisibilidad de estos genios desafiaba cualquier sistema defensivo y cambiaba las cuotas en las apuestas de fútbol, ya que un momento de magia definía un partido sin necesidad de posesión. Hoy la pizarra acartonada busca reducir al máximo estos riesgos, transformando el juego en un ajedrez de presiones y bloques.
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Deportistas vs. artistas en la Liga MX
Clubes como Santos Laguna, Pachuca o América han cambiado sus perfiles de fichaje a un biotipo atlético, un tipo de jugador capaz de repetir esfuerzos de alta intensidad durante 90 minutos. Ya no es suficiente con tener técnica depurada si pierdes los duelos físicos o si no eres capaz de correr doce kilómetros por partido.
El organizador clásico ha sido sustituido por el volante mixto o por extremos de velocidad pura. Solo hay que ver los ejemplos actuales de la liga donde jugadores como Juan Brunetta en Tigres son lo más parecido a un creador de juego que tenemos, pero su rol está lejos de la libertad de antes.
Estos jugadores actuales tienen que someterse a exigencias defensivas elevadas, bajando a defender, barrerse y chocar. Si hoy en día apareciera en una cantera un talento generacional con el perfil de los ídolos de los noventa, los entrenadores lo moldearían. Lo someterían a dieta, a entrenar la musculatura y le exigirían sacrificio defensivo. En esa “modernización” del jugador se termina por matar la magia, la creatividad que lo caracterizaba.
La crisis de ideas en la Selección Nacional
Y los resultados de este cambio estructural en los clubes se notan en la selección nacional porque es claro que la selección mexicana tiene una crisis preocupante de ideas en el último tercio del campo. Al no generarse ni contratarse enganches tradicionales en la liga local, la selección se quedó sin el cerebro que arme los ataques.
Somos una factoría de extremos y exteriores. Tenemos jugadores veloces y hábiles, capaces de llegar a línea de fondo y mandar centros, pero nos falta quien filtre un balón por dentro.
Y estas afirmaciones están respaldadas por los hechos y las estadísticas. México ha generado y continúa produciendo porteros seguros y defensas con sed de sangre, pero el mediapunta está en vías de extinción. El Tri ya sabe a qué juega: desborde por los costados y centro al área, una fórmula que ya saben cómo defender las zagas rivales, que ya no tienen que preocuparse por la chispa impredecible por el centro.
¿Evolución táctica o regresión cultural?
Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si este viaje hacia un fútbol más físico y táctico nos ha hecho mejores o hemos perdido nuestra esencia en el camino. Imitar modelos europeos de vértigo y fuerza física tal vez no sea lo ideal para el biotipo del futbolista mexicano, que está más acostumbrado a destacar por su astucia y habilidad con el balón que por su poderío atlético. Y esto lo continuaremos viendo en el Clausura 2026.
La extinción del 10 clásico ha dejado a los partidos sin pausa. Ahora mismo todos los partidos suceden a una velocidad tremenda, con cambios de ritmo constantes, tanto que termina mareando. Esto, por supuesto, ha hecho que la selección gane ritmo, sí, pero se ha perdido ese punto de arte por el que merecía la pena pagar una entrada solo por ver a un jugador dominar el balón. El fútbol es más justo con los deportistas y más cruel con los artistas.
