Violencia y pandemia

Violencia y pandemia

Rubí de María Gómez Campos.

Me había resistido a aceptar varias invitaciones a discutir y dialogar sobre el tema de la pandemia, porque me parece muy difícil hablar de un fenómeno que tenemos tan encima de nosotras. Es tan apabullante el encierro que es difícil, sin tener una distancia crítica, poder juzgarlo adecuadamente. Es fácil que nos salga el desánimo, la depresión ante las dificultades que enfrentamos. Sólo dentro de un tiempo será más fácil medir los efectos y el impacto que esta situación está teniendo en las mujeres de todas las edades y condiciones profesionales y sociales.

Por ejemplo, una compañera que trabaja en el área administrativa de la Universidad comentó que muchas mujeres están solicitando su jubilación. La idea de que la responsabilidad del cuidado debe recaer en las mujeres hace que se nos asigne o nos asignemos tareas extraordinarias a las que ya venimos realizando. De modo que se están jubilando más maestras y empleadas administrativas que maestros y empleados. En torno a la deserción escolar, también tendríamos que considerar que sólo a la larga vamos a poder medir el fenómeno desagregado por sexo, para saber cuántas estudiantes tuvieron que dejar los estudios. Ahora nada más sabemos que ha aumentado la deserción escolar, sin tener claro el sexo de las personas que están teniendo que sacrificar esta opción de vida.

Las preguntas planteadas para el conversatorio en el que participé con este texto fueron las siguientes:

¿Qué es la violencia de género?

¿Cuál es la relación entre violencia de género y patriarcado?

¿De qué manera ha contribuido la crisis sanitaria a la violencia de género?

¿Es un problema que ha contribuido a la organización de los grupos feministas?

Debo decir que cuando se habla de violencia doméstica en general y contra las mujeres en particular, prefiero llamarle con mayor precisión violencia machista, para ubicar su importancia y atender con la urgencia necesaria la grave situación de violencia que viven las mujeres y las niñas. Pero, sobre todo, para distinguirla de otros tipos de violencia de género que también incluye a los varones. Me refiero a los procesos de formación y socialización en los patrones de masculinidad dominante que caracteriza, por ejemplo, la práctica de bullying en los niños, cuando los sancionan socialmente sus propios compañeros porque lloran, bajo la idea de que los hombres no deben llorar. Bajo esa idea de que los hombres no deben expresar sus sentimientos se producen muchos fenómenos de violencia que también afecta a los varones. Otro ejemplo son las prácticas militares. La obligatoriedad del servicio militar para los hombres es otra forma de violencia de género, institucional en este caso, que les afecta a ellos. En términos generales, por violencia de género entiendo toda acción violenta (en todos los tipos y modalidades que señala la ley), que se realiza con el fin de mantener el sistema de desigualdad de poder entre hombres y mujeres. El primer objetivo de la violencia machista es sancionar las prácticas disidentes —de las mujeres generalmente, pero también de los hombres que intentan romper con los roles de comportamiento tradicional. Adicionalmente, la violencia de género tiene como objetivo ejemplarizar (dar ejemplo) con fines pedagógicos del rechazo (o reprobación) a roles de comportamiento (tanto de hombres como de mujeres) que no han sido autorizados por el sistema patriarcal. 

Ingresa a: El círculo vicioso de la violencia simbólica

El sistema de desigualdad de poder entre hombres y mujeres del que estoy hablando forma parte de una organización social que exige el cumplimiento de roles o papeles sexuales, establecidos dicotómicamente, y esto significa que esos roles son jerárquicos, asimétricos y excluyentes. Las prácticas e interacciones sociales derivadas de este tipo de división sexual reflejan una forma de representación social de las personas, que divide la humanidad en dos tipos: sujetos dominantes y sujetos dominados; asociada a su vez a la dualidad de los varones (al rol dominante) y las mujeres (al rol de víctimas de la dominación).

En este contexto, sobre la pregunta acerca de ¿cuál es la relación entre la violencia de género y el patriarcado? diría que el patriarcado es un orden político de desigualdad de poder entre hombres y mujeres, cuyos ejes son el androcentrismo y la misoginia que se deriva de este androcentrismo y que concibe a las mujeres como inferiores, como “segundo sexo”. En la peor de sus manifestaciones, la violencia machista se expresa como desprecio a la vida y, por ende, a la dignidad humana de las mujeres.

La violencia contra las mujeres es, por tanto, en el contexto patriarcal de la cultura, una consecuencia directa del grado de misoginia que está contenida en el orden social y cuya expresión es múltiple y diversa. Aquí entran desde los micromachismos (como los “chistes misóginos”) hasta la violencia institucional (que estableces sanciones y procesos ineficaces para detener la violencia machista, manteniendo la impunidad) y la violencia simbólica que muchas veces pasa desapercibida o se considera irrelevante, como el comportamiento de agresores sexuales de muchos candidatos de todos los partidos políticos.

Dada esta serie de circunstancias, considero necesario, como sostiene la teoría feminista contemporánea, efectuar un cambio de paradigma en las relaciones humanas, que permita una organización social más equilibrada y más justa para todas las personas. Porque lo peor del vínculo entre patriarcado y violencia es precisamente la continuidad que existe entre la violencia machista y todas las otras formas de violencia social y cultural que conocemos. Porque el núcleo de estas formas de violencia —que tiene que ver sobre todo con concepciones ideológicas— es la desigualdad de género. Una desigualdad que afecta tanto a las mujeres como a los hombres.

A ellos les afecta porque esa desigualdad constituye inclusive las formas más tradicionales de la masculinidad hegemónica. Esto lo hace a través del vínculo que existe entre la personalidad individual con los patrones de comportamiento social autorizado, y ambos con los significados culturales que conforman lo que entendemos por humanidad. La propia idea de humanidad se identifica con la idea de la heroicidad, debido a la centralidad del varón y a una relación profundamente estrecha entre masculinidad y violencia. De modo que la agresividad llega a ser considerada una virtud. Tenemos inclusive la costumbre de pensar que la violencia humana es insuperable.

A la pregunta acerca de el cuál es o de qué manera contribuye la crisis sanitaria a la violencia de género, ya se ha dicho que el encierro de familias, que de por sí vivían en contextos de desigualdad y de violencia, ha aumentado la violencia machista. Hasta en un 75% han crecido las llamadas de auxilio por ese tipo de violencia. Pero no podríamos considerar que este dato recoge todo el universo de la violencia, porque no todo mundo tiene acceso a los espacios de denuncia, porque simplemente la diferencia económica (que también ha salido a relucir en este contexto de acceso a la tecnología) deja a muchas mujeres fuera de esta posibilidad.

Son muchos los mundos que han emergido y parece que efectivamente es notable, está inclusive medido, el aumento de la violencia, pero entre quienes se pueden confinar. Porque hay otros sectores sociales que ni siquiera pueden confinarse, que tienen que salir a trabajar a riesgo de sus propias vidas y esto está diversificando las múltiples formas de violencia que existen, si le añadimos a esto el estrés de toda la familia y particularmente de las y los jóvenes. Quisiera resaltar que las personas jóvenes están sufriendo mucho —a diferencia de las y los adultos que tenemos, de algún modo, un grado de experiencia mayor y tal vez menos necesidad de socialización como la tienen ellos. Las mujeres también debido a su doble y triple carga de trabajo, y teniendo ahora que multiplicarse o inventar, diseñar, alternativas creativas para enfrentar la nueva situación. Las complicaciones económicas, que son además generalizadas, es decir, tampoco son exclusivas de las mujeres aunque por supuesto impactan sobre todo en la tercera parte de las familias en México, pues la tercera parte de las familias mexicanas están comandadas por mujeres.

Pero lo que más impacta en este uso de la violencia es la ideología patriarcal. Es decir, existen una serie de hábitos de comportamiento que reafirman la desigualdad y que normalizan la violencia, y esto juega un papel muy importante en su incidencia. Por eso es necesario que las universidades se tomen este tema en serio, que las y los universitarios trabajemos en este campo, que dialoguemos como lo estamos haciendo porque la solución tiene que venir de la mano de una indignación generalizada, no nada más de las feministas sino de todas las mujeres y de todos los hombres que tienen capacidad de conciencia crítica.

            Acerca de cómo ha contribuido o cómo se relaciona este problema con la organización de los grupos feministas, ya mediremos con mayor certidumbre lo que está pasando, pero ha habido un fenómeno muy importante que no podemos ignorar. Sí ha contribuido, por un lado, porque a través de estos espacios virtuales se ha podido mantener un nivel de comunicación entre las jóvenes, que saturan las redes sociales con propuestas, ideas, información, y esto es muy positivo. Por otro lado, no ha contribuido a la organización de grupos feministas, sobre todo como sería deseable y como parecía posible a paritr del 8 de marzo del 2020, en esa manifestación mundial que a las viejas, que tenemos muchos años metidas en esto como yo, nos ha impresionado tanto. Ver esas masas de mujeres comprometidas con la defensa de su propia dignidad nos conmueve, por el compromiso de lucha que muestran las jóvenes.

Desafortunadamente la pandemia y el confinamiento no han permitido que esa Primavera Violeta florezca como tendría que hacerlo. La pandemia introdujo variables inesperadas en las relaciones interpersonales entre hombres y mujeres, entre mujeres y entre hombres. Como se dice algunas veces, las crisis son también oportunidades, y este es el momento de adoptar las mejores prácticas, utilizar las mejores herramientas e innovar creativamente, con todos los recursos que tenemos, para salir de esta situación fortalecidas y fortalecidos, aprovechando el espacio, el tiempo libre que, quienes tengan esta opción, puedan hablar de todo eso que nos enriquece como seres humanos y que en el ámbito más íntimo de la familia a veces no tenemos tiempo de compartir con los hijos, por el exceso de trabajo o por la diferencia de actividades que realizamos.

Finalmente, quienes rechazamos la desigualdad y la violencia habremos de estimular y apoyar a las jóvenes que se atreven a salir a la calle, como lo hicieron este 8 de marzo de 2021, y como lo siguen haciendo a través de las redes sociales. Las mujeres adultas y las feministas estamos comprometidas con ellas en apoyar todas sus demandas y expresar nuestras propias inquietudes y experiencias, para lograr, con un esfuerzo de mayor creatividad —que es lo que ha caracterizado el movimiento feminista en México y en el mundo— una verdadera transformación que permita superar la desigualdad.

En medio de la incertidumbre, las jóvenes del siglo XXI nos ofrecen confianza ante la conciencia crítica que han creado gracias no sólo al discurso feminista sino también al ejemplo de sus madres, de sus abuelas, que trabajan, que conocen sus derechos, que los defienden, y esto ha impactado en las nuevas generaciones como lo vemos cada vez que ella se atreven a salir a la calle. Alentada y entusiasmada por esa voluntad de transformación que muestran las nuevas generaciones, debemos agradecer a todas las feministas, compañeras de lucha, porque con toda la timidez que caracterizó a las de mi generación, hicimos algo para sentar las bases de lo que está pasando hoy. Asimismo, quienes organizan este tipo de actividades (como este conversatorio) abren la oportunidad de compartir nuestras impresiones para seguir haciendo cosas que sean de utilidad para una verdadera transformación social.

Estamos en el siglo XXI, es momento de decir alto a la violencia, alto a la discriminación. Las mujeres de las nuevas generaciones no resisten más, por eso están arriesgando hasta la vida en la protesta. Los hombres también tienen que entender, porque la mayor parte del problema de la violencia remite al factor masculino. Por ello deben involucrarse, sentarse a dialogar y empezar a entender, para hacerles comprender a aquellos a quienes no podemos llegar nosotras la importancia y la necesidad que tenemos de relaciones más justas y más equilibradas entre hombres y mujeres.