Elinor y Mérida: sabiduría y valentía

Elinor y Mérida: sabiduría y valentía

Rubí de María Gómez Campos

Hace unos días tuve el honor de ser entrevistada por una joven y brillante escritora, Débora Hadaza, para un proyecto electrónico y cultural de gente nueva que escribe sobre psicoanálisis y cultura pop. El proyecto se llama POPSI y vale la pena visitar su página si queremos encontrar posturas críticas acerca de la Modernidad y los productos culturales que reflejan el mundo en que vivimos. Hablamos sobre el impacto del feminismo en la cultura pop, sobre todo de películas infantiles y de cómo las imágenes de hombres y mujeres se han ido modificando en los últimos años. Inexplicablemente, a ambas se nos pasó comentar acerca de una de las películas más sugerentes y apreciadas, tanto por Débora como por mí: Valiente. La historia de una original princesa llamada Mérida, y su madre Elinor, situada en la Escocia medieval, que fue estrenada en 2012.

La película se desarrolla en torno a la tensión que existe en la relación madre-hija en un contexto patriarcal. La filósofa española Victoria Sau plantea en su Diccionario ideológico feminista la complejidad que circunda la relación entre madres e hijas, debido precisamente al contexto social que sobrevalora la figura masculino-paterna frente al carácter subsidiario de la figura femenina. El significado de la cultura se define por la voluntad de trascendencia que los varones representan y las mujeres cumplen en ella sólo el papel de mediadoras. Las transmisoras y reproductoras de la cultura tienen así el deber de mantener tradiciones impuestas por los hombres, desde la que transforman, innovan, crean sentido.

En ese contexto las madres tienen sólo dos opciones: educar a las hijas para que adopten los valores de la cultura dominante o prepararlas para que se rebelen contra ella. Las hijas, por su parte, tienen cuatro alternativas, dependiendo del tipo de madre que les toque: 1) Imitar a una madre subyugada, sometida al orden de la cultura. 2) Romper con ese tipo de madre y definir el mundo establecido desde su propia rebeldía. 3) Rechazar a una madre emancipada que le ofrece apertura a un mundo hostil, desconocido. 4) Aliarse a su madre liberada y luchar juntas ante un sistema que niega legitimidad a las mujeres en su búsqueda de autonomía.

La tragedia se anuncia irremisible. La ruptura y el choque de valores es prácticamente ineludible. Las madres deben doblegarse ante dos males seguros. La primera alternativa es reprimir el impulso de libertad de sus hijas imponiendo disciplinas que les permitan sobrellevar de buen grado la opresión sufrida o verlas rechazar esos criterios e iniciar un camino incierto plagado de censura. Aceptar transmitir los valores dominantes mediante un rigor doloroso que finalmente les proteja del rechazo social y la inclemencia de una cultura que excluye a quienes no se adaptan, o aceptar para sus hijas el estigma social de ser inadaptadas y asumir el riesgo de ser ellas mismas censuradas por su desobediencia al orden patriarcal.

La difícil posición de la madre de “proteger” a sus hijas y simultáneamente cumplir el papel de mediadora de una cultura que ella no definió y que, muchas veces, ni siquiera valora, se enfrenta con la irrenunciable búsqueda de libertad de las jóvenes. La tragedia de las hijas es tener que imitar con sumisión las estrategias de sobrevivencia de su madre o enfrentarse a ella para poder cumplir su propio destino. Este contexto de tensión entre tradición e innovación en el que se desarrolla la trama de Valiente es, finalmente, un fiel retrato de la propia condición humana.

La misma tensión entre una tradición (a veces opresiva) y la capacidad humana de “empezar de nuevo” —que Hannah Arendt llamó “natalidad” y entiende como capacidad de inicio (“para que hubiera un principio fue creado el ser humano”, decía San Agustín)— es un tema central en la filosofía de quien fuera considerada la mayor filósofa política que el mundo ha tenido. El desafío de un mundo, el moderno, que ha perdido la orientación que el “sentido común” nos ofrecía está representado en esta cinta en la que Elinor cumple el papel de vigilante de la tradición y Mérida asume con decisión antes desconocida la función portentosa de educar a su madre y redefinir el rumbo de la historia.

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Mérida pasa por el conflicto de romper con las reglas que su madre le impone, antes de comprender que es en la mediación con esas reglas (restaurando el lazo que rompió con su madre) como puede llegar a representar la capacidad humana y femenina de definir para y desde sí misma el giro de la historia. Demostrando a su madre y a sí misma que su mundo ha cambiado y que las hijas pueden seguir abriendo espacios, imitando el arrojo que su padre muestra, pero reproduciendo al mismo tiempo los gestos mesurados de su madre, Mérida logra al fin su libertad y Elinor aprende que el impulso vital de la “natalidad” —que para Hannah Arendt es el rasgo de humanidad más portentoso: “aparecer ante los otros” en su singularidad creadora— es el sentido último de la tradición que ella representa.

La difícil tensión entre la tradición que encarnan las madres y la innovación que significan las hijas se resuelve en la comprensión mutua de sus diferencias a través del amor, en la mediación del encuentro entre experiencia y creatividad, “entre la mujer que quiere y la mujer que sabe”, como afirman las feministas italianas (autoras de No creas tener derechos). Todo el resplandor de la potencia femenina queda de manifiesto en esta cinta, que es un recordatorio de la necesidad de affidamento (reconocimiento de autoridad entre mujeres) en la búsqueda de libertad creadora que impulsa a las jóvenes hoy día.

Si no hay diálogo entre lo que las feministas de la Librería de Mujeres de Milán asumen como dos momentos de la humanidad femenina: “entre esta aspiración intacta y esa conciencia, entre una generación y otra de mujeres sólo existe una sucesión de ingenua esperanza y amargo conocimiento sin intercambio y sin cambio”. La potencia de lo femenino se acrecienta cuando somos capaces de mantener lo logrado y defender lo válido de la tradición que nos precede, sin renunciar a las aspiraciones inéditas de un mundo más justo. La fortaleza de la lucha de las mujeres descansa pues, como lo muestra bellamente esta profunda cinta, en la capacidad de alianza y de amor entre mujeres.