Entre la convicción y la vocación en la política partidista
Foto. Cortesía

Por: Enrique Rivera Hernández

Quizá, entender o tratar de entender la convicción no sea algo tan simple, por ello probablemente se pueda dibujar la convicción, como la seguridad o la certeza que tiene el sujeto a partir de lo que piensa, actúa o siente.

La convicción, también se puede entender desde una posición política, ideológica, ética o posiblemente hasta religiosa, en donde el sujeto encuentra gran simpatía en su desarrollo cotidiano, por ejemplo, la convicción de ayudarse los unos y los otros para salir delante de diversas situaciones, de ver por el interés colectivo, en donde la política es un camino para generar y mejorar condiciones de vida para miles de personas por medio de las acciones del sistema Estado o del pueblo organizado, esto, a partir de concebir propuestas en políticas públicas encaminadas a favor de las mayorías, o por ejemplo la convicción real de no mentir, no robar y no traicionar.

Sin embargo, puede existir también la contra cara de lo anteriormente planteado, es decir, la convicción de que es válido pasar por encima de quien sea y como sea para lograr los objetivos personales, bien sea en lo material, en lo profesional, en lo económico e incluso en lo emocional.

La convicción de que la política solo se hace a apartir de los partidos políticos, lejos de los movimientos sociales, y que los partidos políticos sirven para enriquecerse económica y materialmente, convicción de que el dicho popular expuesto por algunos como, “el que no tranza no avanza”, sea un modo de vida.

Ante los planteamientos de la convicción, quizá sea necesario tocar también los de la vocación, misma que se podría comprender como el interés o la decisión de realizar determinadas actividades o formas de vida a partir de un trabajo, un comportamiento o una acción concreta, por ejemplo, la vocación de servicio al otro, el bien común, o en su defecto y a la inversa, la vocación de delinquir, de servirse del otro y demás.

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Ambas condiciones, convicción y vocación parecen ser necesarias para realizar determinado tipo de política, e incluso política partidista, que gira en cualquiera de los sentidos aquí planteados, pues en la conformación de partidos políticos, puede ser probable que se encuentren personas con las dos perspectivas.

Por lo tanto, con tales escenarios, quizá lo complicado de la política partidista, es que puede existir la posibilidad que se desdibujen las convicciones y las vocaciones colectivas, sobre todo cuando puedan existir intereses aparentemente superiores a los de la comunidad, en donde el noble oficio de la política en sí, corre el riesgo de tergiversarse.

Por tal motivo, podría ser necesario que continua y paulatinamente se muestre a los jóvenes, a los niños, las niñas y al pueblo en general, que en el noble oficio de la política es necesario una gran proporción de convicción y de vocación, gran temple, pues parecería que en el contexto actual, todo en lo político es lo mismo… o cuando menos se puede pensar que eso quieren hacer creer.

Y en donde como todo es lo mismo, ¿qué sentido tiene entonces luchar contra corriente, contra un sistema político tergiversado?, por ello puede que sea necesario exponer la generalización de la política como una estrategia que busca alejar de la misma a quienes tienen noble corazón, gran convicción y vocación de servir al pueblo, de servir al otro.

Dicha estrategia de generalización y probablemente de desaparición de la convicción y la vocación en favor de los intereses colectivos en los partidos políticos, parece que abre la puerta a que los honestos, empáticos, éticos, congruentes, salgan corriendo de los partidos, sobre todo posterior a periodos electorales, en donde quizá es necesario reafirmar la convicción y la vocación de la política partidista en favor del bien común, en confirmar la política como ese oficio que se construye día a día desde diferentes trincheras y en donde los partidos son solo una de ellas.