El caso Lozoya: la forma y el fondo

La violencia primitiva y su celebración

Francisco Lemus | Twitter: @PacoJLemus

Un intento fallido de asalto en la zona metropolitana del Valle de México terminó, contrario a lo que ya es convencional, con un asaltante recibiendo una brutal golpiza y quedando desnudo sobre una banqueta. Algo que la mayoría de los internautas han celebrado, sino es que gozado, como acto de justicia redentora.

Con la experiencia de vivir desde hace nueve años en la Ciudad de México es más que comprensible la satisfacción que las imágenes han provocado, sobre todo entre las personas que han sido víctimas de un asalto en transporte público. La violencia que han mostrado los delincuentes, que no se limitan a despojar de sus bienes a los usuarios parece imparable.

Como más de alguna persona me ha dicho, estos delincuentes han despojado a la población de lo más valioso: su tranquilidad. Hay quienes después de la experiencia no pueden volver a usar un vehículo colectivo sin sentir terror; por eso quienes pueden usan cualquier otra opción, y se entiende que para muchos tener auto propio se vuelva preponderante.

Por eso, ver como uno de estos delincuentes recibe, lo que a decir de todos, es lo que merece, es inevitable sentir cierto regocijo y sensación de justicia redentora.

Hay que resaltar que, sin justificar su violencia, los usuarios no recurrieron a ningún tipo de arma, y aunque por la fuerza con la que lo atacaron existía la posibilidad de que lo asesinaran, esto no sucedió.

A final de cuentas quien se dedica a delinquir sabe los riesgos de su mal oficio. Mientras que una persona que trabaja no tendría porque considerar como una actividad riesgosa el tomar una combi para ir a su casa. La respuesta iracunda de los usuarios es irracional pero comprensible, lo que es cuestionable es la respuesta del público, ávida de barbarie.

El país enfrenta una crisis de valores generalizada, gobernantes corruptos y ladrones que no pagan las consecuencias de sus actos y en algunos casos son hasta premiados; empresarios que hacen lo propio con todavía mayor impunidad que los políticos, ya que ni el señalamiento ameritan.

En este contexto, celebrar la violencia más elemental, no puede ser señal de que vamos progresando, todo lo contrario. Desde luego tampoco se trata de responsabilizar de ello a los usuarios que hartos de los abusos de los ladrones aprovecharon la oportunidad de cobrar venganza; las autoridades son las que deberían estar más avergonzadas de que sucedan estas cosas.

El descaro de los ladrones ha llegado al grado de que hay paraderos de la zona conurbada donde los usuarios deben pagar un “impuesto” extra antes de abordar las unidades para así evitar el asalto. Los costos de esa criminalidad desbocada son tan irracionales como la respuesta iracunda de los justicieros improvisados.

Ante todas las evidencias es difícil evitar la sospecha de que existe colusión o al menos muy poca voluntad de las autoridades -sobre todo del Estado de México- por poner fin a esta situación que aterroriza a los habitantes de los municipios metropolitanos del Valle de México. Atender esto debería ser la prioridad antes de que volvamos al estado de naturaleza del que hablaba Hobbes.

Llegar a una situación distópica donde cada uno deba andar con un arma y procurando hacer justicia por mano propia, sería todavía más costoso en términos económicos y sociales, no sólo por la baja en la calidad de vida, sino por el florecimiento de cuerpos parapolicíacos y vigilantes que nada nos garantizaría que no se convertirán en nuevos delincuentes.

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