¿Los mexicanos pasaremos la cuarta transformación de noche

¿Los mexicanos pasaremos la cuarta transformación de noche?

La situación actual del país me recuerda aquellas asambleas estudiantiles de la secundaria o la preparatoria en las que estudiantes maliciosos que no estaban de acuerdo con la postura del orador en turno —aunque fuera importante o conveniente para todos— se dedicaban a hacer una tremenda bulla para impedir que los planteamientos del orador fueran siquiera escuchados. Los insumisos buscaban de alguna forma, y a veces lo lograban, que todo el grupo se contagiara irreflexivamente del relajo (del “desmadre”) a fin de que la postura del orador fuera definitivamente derrotada.

Parece que la estrategia de los opositores al gobierno, y de los poderes fácticos que están detrás de ellos, fuera esa: promover a través de los medios, con un sinfín de distractores y trucos, una bulla estruendosa que impida a la población escuchar y captar el sentido del mensaje, las acciones y posturas del gobierno y reflexionar con cierta objetividad sobre lo que está sucediendo en el país. Con contenido informativo exagerado, falso, calumnioso, irrelevante, los medios buscan crear un ambiente de confusión y desorden, promoviendo el debilitamiento del gobierno y generando a la vez desánimo, desinterés y apatía en la sociedad. Como los inmaduros púberes de la preparatoria, los insumisos de hoy no dan oportunidad a que la población pueda ejercer un juicio verdaderamente crítico sobre el gobierno, un juicio basado en el análisis objetivo y una sopesada valoración de las decisiones tomadas. La gritería acalla cualquier voz razonable.

El efecto más pernicioso de ese bullicio cotidiano (amplificado ahora con el problema de la pandemia) es que produce en la ciudadanía una postura irreflexiva, centrada en la inmediatez del día a día. No es solo que, como se dice, los árboles impidan ver el bosque, sino que se hace crecer una maleza que enmaraña todo. Lo que se busca evitar es que los ciudadanos recobremos la perspectiva histórica sobre lo que ha sido, es y puede ser nuestro país, es decir, la comprensión de largo alcance de nuestras condiciones y problemas como sociedad. En cuanto ciudadanos maduros debemos luchar contra esa insidiosa imposición y darnos el espacio y el tiempo para pensar rigurosa y libremente lo que somos y queremos ser, lo que podemos ser y lo que definitivamente no debemos ser, lo que debemos dejar de ser. El ruido diario trata de impedir que apliquemos la reflexión, el pensamiento, al análisis de la realidad nacional. No debemos permitirlo. Debemos evaluar las acciones del gobierno actual más allá del chismorreo cotidiano, es decir, conforme a criterios claros y distintos.

Hemos de recuperar la visión histórica sobre nuestro país y particularmente tener claro lo que sucedió en México en el siglo XX y en las décadas recientes, es decir, la manera como transitamos de un Estado autoritario y antidemocrático a una democracia mediocre, distorsionada por políticos sometidos al poder económico-empresarial, cuyo principal propósito —de empresarios y políticos— fue hacerse ricos a costa del hundimiento del país. Finalmente, no debemos perder de vista lo que pasó en México el 1 de julio de 2018. El país en el que estamos. La a veces cuestionada legitimidad del actual gobierno proviene de que la mayoría de la población votó a favor de un propuesta de transformación o, si se quiere, simplemente de una corrección del rumbo del país en torno a tres puntos básicos (y lo que se deriva de ellos): 1) acabar con la corrupción gubernamental y con el gasto oneroso del gobierno, y de ahí con la separación o enajenación del Estado y la clase política respecto a la sociedad (el pueblo); 2) acabar, o disminuir al menos, la pobreza del país y la injusticia que la sostiene, a través de una redistribución más equitativa del ingreso nacional y el fomento de políticas públicas para el desarrollo social-humano y la eliminación de la delincuencia; 3) restablecer el carácter de interés público de la salud, la educación, la energía, el medio ambiente y las comunicaciones, a fin de construir un desarrollo socio-económico sano y adecuado.

¿Estamos o todavía estamos de acuerdo con que esos son los puntos prioritarios para resolver la problemática del país: la inseguridad, la violencia, el machismo, la descomposición social, la ignorancia, el clasismo, el racismo, la falta de recursos? Si estamos de acuerdo con tal agenda, y si tenemos, más allá de partidismos e intereses personales o de grupo, una preocupación seria por el país, debemos hacernos las siguientes preguntas: ¿el gobierno está cumpliendo con esa agenda? ¿Qué acciones podemos valorar de ese cumplimiento? Incluso: ¿cómo podríamos cooperar para que se alcanzara? Si el gobierno no está cumpliendo: ¿qué podemos señalar críticamente? ¿Cuáles son los errores o las desviaciones del programa planteado? ¿Qué propuestas podemos hacer para reencaminar el programa gubernamental? Y quienes están en desacuerdo con la agenda del gobierno, ¿pueden decirnos por lo menos una de sus propuestas alternativas? El síntoma más claro de la crisis de la política nacional es la ausencia de una verdadera oposición, con un programa claro de mejora del país que signifique ir un paso adelante del actual gobierno y no simplemente dos pasos atrás. En lugar de esto, la oposición y los medios que la secundan se dedican solo a promover, mediante falsedades y calumnias, el rencor y el odio social. Así no va a haber ningún avance. La mentira nos seguirá haciendo esclavos.

No perder de vista los asuntos importantes del país nos permitiría dejar de distraernos con cualquier nimiedad o entretenernos con las fake news del día. También permitiría que los políticos se tomen en serio la política y, sobre todo, la realidad del país. Al verlos, en las circunstancias de la pandemia, luchar enloquecidos por cualquier migaja del poder, me hacen recordar la escena de aquella antigua película de Stanley Kubrick (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb) donde un policía sigue defendiendo celosamente la propiedad privada, aunque en ese momento explosiones atómicas estén acabando con el planeta. Pero no solo a los políticos debemos exigirles seriedad y compromiso. Los comunicadores y los intelectuales también deberían tener tantita… objetividad, y dejar de actuar solo en función de intereses gremiales y empresariales. Frente a la grave situación provocada por el coronavirus ¿lo único importante es informar dónde está ubicada exactamente la casa del presidente en Chiapas, o si usa cubrebocas, o si trae boleados los zapatos? Lo que hacen los medios es frivolizar todo para que ningún pensamiento serio pueda aparecer. Hay comunicadores que de plano enloquecen, como el escritor y columnista de El país, Emiliano Monge, quien en su artículo del 23 de este mes sostiene que López Obrador ha sido clonado, explicando esto con peregrinas referencias a la astrofísica y a hipotéticas teorías de la conspiración alienígena. Más seriedad por favor. ¡Qué desperdicio de líneas ágata! Tan simple que sería referir hechos en concreto y hacer uso de algunas de las importantes teorías sociales de nuestra época para analizar y explicar la problemática nacional.

¿Y los ciudadanos? Atacados por el miedo o la desesperación ni siquiera nos enteramos del sinfín de cambios —históricos varios de ellos— que el gobierno ha venido realizando para la mejora del país: aumento del salario mínimo, control de la inflación, ayudas a desfavorecidos y a jóvenes, apoyo efectivo a madres de familia, reforestación del campo y apoyo a productores, acciones contra la alimentación deficiente, aumento de la oferta educativa, regularización de plazas de trabajadores del Estado (maestros y médicos), cancelación de la condonación de impuestos a grandes empresas, exhibición de los corruptos y limitación de la impunidad, leyes en contra de la corrupción y el dispendio gubernamental, reformas legales contra el fraude electoral, combate al contrabando y al narcotráfico con el control de puertos y aduanas, desarrollo de la inversión pública en infraestructura (Refinería Dos bocas, Nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, Tren maya, Corredor ístmico de Tehuantepec, etc.).

Ante estos procesos, muchos ciudadanos, inducidos por los medios y la oposición y que quieren preservarse como muy “críticos” (típicamente los izquierdosos, siempre desfasados) plantean exigencias al gobierno que claramente solo pueden cumplirse a costa de llevar al país a una crisis económica e institucional: enfrentarse al gobierno norteamericano, desatar una cacería de brujas contra todos los corruptos simultáneamente, elevar impuestos y expropiar empresas, deslindarse de las fuerzas armadas, encarcelar gobernadores, etc. O bien, sin pensar mucho, critican al gobierno si hace una cosa y lo critican si hace la contraria. Que el gobierno usa al ejército para combatir la inseguridad: malo; que lo pone a realizar tareas que no le son propias, como construcción de infraestructura o apoyo para la distribución de libros de texto para las escuelas: malo. Me parece que es preferible tener a los soldados ocupados construyendo edificios que tenerlos en el cuartel “de oquis” o sueltos en calles y pueblos. Ambas cosas son peligrosas, pero hay que decidir cuál lo es menos. En general, en las situaciones práctico-sociales hay que usar el criterio, la capacidad de juicio, para pensar adecuadamente lo que sucede y lo que podemos y debemos hacer.

Ingresa a: El error de López Obrador

Si por apatía, desinterés, desesperación o bobería preferimos pasar de noche las transformaciones que está viviendo el país, solo espero que en cuatro años, y con el regreso de un gobierno neoliberal, no nos arrepintamos y digamos: ¡uy, estábamos mejor con López Obrador! ¡Hubiéramos aprovechado aquel momento para consolidar los cambios y avanzar hacia un mejor país! Pero entonces ya será demasiado tarde…